Columnas
10 de noviembre de 2006
Violencia escolar y familia

Dos hechos de inusitada violencia juvenil volvieron a llenar los noticiarios recientemente. No era para menos. Un alumno de cuarto medio de Concepción dejó a la inspectora general de su liceo con una mano fracturada y múltiples hematomas en el cuerpo, tras agredirla en dos oportunidades. En tanto, una madre terminó con un tec cerrado, una fractura nasal y dos dientes sueltos, luego que fuera a recoger a sus hijos a una fiesta realizada en el Muelle Barón. Cuando vio que el menor de ellos estaba siendo agredido por unos adolescentes, intervino, con este resultado.

Vivimos un tiempo fecundo de denuncias sobre formas de violencia: violencia intrafamiliar, violencia en los estadios, manifestaciones cada vez más violentas de delincuencia y violencia escolar. Sin embargo, a raíz de lo sucedido en la ciudad penquista y por la aparente novedad que reviste, quiero detenerme en esta última. Además, porque un estudio del Colegio de Profesores y la UNESCO señala que el 35% de ellos han sufrido amenazas o agresiones.

La violencia en los colegios es un problema mundial. Afecta tanto al norte como al Sur. En los años 80, el problema llegó a tanto en Japón, que el Gobierno llegó a contratar profesores que practicaran el kárate, el yudo o el kendo para mantener a raya a los alumnos.

Los expertos dicen que es un fenómeno esencialmente masculino y que no hay un factor único para explicarla, sino modelos complejos ligados, por ejemplo, a la situación familiar, a las condiciones socioeconómicas, al estilo pedagógico de los establecimientos y en gran medida al sentimiento de segregación.

Las soluciones presuponen programas específicos pero, ante todo, un fortalecimiento de la democracia económica y social. Para acabar con la violencia, se precisa un Estado sólido capaz de compensar las desigualdades, que se esfuerce por que los distintos grupos sociales convivan en los barrios y en las escuelas.

En Latinoamérica, la problematización de la violencia escolar es bastante reciente y la década de los 90 es el punto de inflexión emergente de este tipo de violencias. Brasil parece ser el país que inaugura la problemática en la región. Colombia también incorporó tempranamente esta categoría, lo que se explicaría por el contexto de violencia existente en el país, donde desde hace algunas décadas los asesinatos, secuestros y violencias varias han sido tema de debate y preocupación en el país.

En Chile, la situación no es muy distinta a la del vecindario y, al igual que en esos países, son pocos los estudios que se han hecho sobre el tema. Lo cierto es que la escuela cristaliza las tensiones de nuestras sociedades y, a veces, las exacerba. Pero sin duda que en esto también tiene que ver con la familia, con el fortalecimiento de los lazos, con la comunicación al interior de los hogares, con los afectos.

La violencia escolar es un fenómeno sensible que conviene tratar con prudencia, porque ningún país está a salvo, y en esa tarea nadie puede quedar al margen. No podemos achacarle toda la responsabilidad a las escuelas y colegios, porque si bien éstos tienen una enorme responsabilidad con nuestros hijos e hijas, la familia es, finalmente, el núcleo fundamental de toda sociedad.


Diputado Francisco Chahuán