Columnas
18 de enero de 2007
Contra la tristeza colectiva

Según la Organización Mundial de la Salud, 121 millones de personas padecen depresión. Y los pronósticos al respecto son nada alentadores: se calcula que en el 2020 ésta será la primera causa de baja laboral en las naciones desarrolladas y la segunda enfermedad más frecuente en el planeta, después de las cardiopatías. Las estadísticas revelan que en Estados Unidos el 25% de la población la sufre en algún momento de su vida y que en Italia hoy sucede lo propio con el 70% de las mujeres. Chile no está ajeno a la tendencia y las cifras revelan que más de un millón de personas está afectada por el mal.

La depresión es el trastorno mental más frecuente. Afecta a hombres y mujeres, de todos los grupos etáreos y de cualquier condición socioeconómica. Esta suele ser antesala de otro fenómeno tremendamente preocupante y triste: el suicidio. No quiero decir que todas las personas deprimidas vayan a atentar contra sus vidas, sino que existe gran evidencia para apoyar una fuerte relación entre depresión y conducta suicida.

Si bien la cifra es negra, algunos estudios han arrojado que desde 1998 en Chile mueren anualmente 1.200 personas por esta causa. Ese número no considera los llamados "suicidios privados" en los que no se realiza una autopsia; si así fuera, se estima que el registro se doblaría. Tampoco hay claridad sobre los intentos fallidos, que nos permitirían establecer la cantidad de personas que consideran que la vida no merece ser vivida. No obstante, una medición efectuada por el Ministerio de Salud hace un par de años indica que las muertes autoinducidas superan incluso a los accidentes de tránsito, con una tasa de 15 por cada 100 habitantes. Lo mismo sucede en nuestra V Región, una de las más afectadas por el tema.

Por lo pronto, el reciente suicidio de la hija de una diputada golpeó fuertemente a quienes trabajamos junto a ella y el caso de una menor de sólo 7 años en Antofagasta no hace más que confirmar que, como país, hay que hacer algo al respecto. Es necesario mirar el fenómeno como un problema de salud pública e iniciar un trabajo mancomunado para tratar el problema, que involucre a las autoridades, los colegios y las familias.

Estimaciones de la OMS indican que el año 2000 murieron por suicidio cerca de un millón de personas en el mundo; o sea, se registró una deceso por esa causa cada 40 segundos. También se estableció que en ese período hubo un intento de suicidio cada 3 segundos en promedio. ¿Qué hace que tanta gente se mate o intente hacerlo? Aparentemente, estamos frente a una corriente de tristeza colectiva, de sinsentido, de frustración que a muchos les parece insoportable. Lo cierto es que el ritmo de vida no contribuye a que las cosas mejoren.

Estudios evidencian que el aumento de la cohesión familiar es un factor protector para los jóvenes intentadores de suicidio y que el no vivir con ambos padres no se asocia con ninguna conducta suicida, sugiriendo que no es la estructura familiar per se, sino la calidad de las relaciones familiares el factor de riesgo en la conducta suicida del niño y adolescente temprano. Lo cierto es que debemos detenernos, escucharnos, conversar, ser afectivos, enseñar valores, ejercitarlos, y tratar de hacer de este mundo un lugar mejor. Esa es la única contribución que podemos hacer de inmediato para tratar de detener la ola de suicidios que hoy nos golpea.


Diputado Francisco Chahuán